
Si la luna cayera, tal vez el mundo abriera
sus ojos para ver su resplandor, y si las caracolas
se exparcieran quizás todos apreciaran sus
sonidos. El sonido del mar.
Tenia yo once años cuando inició la guerra
de los hombres, la pesada y cruel guerra,
la que terminó con el silencio afable, con
la inocencia de las margaritas, acabó con
las gotas de agua dulce.
Y nadie estaba advertido, nadie pensó en
las consecuencias, nadie, nisiquiera Khrisma
pudó impedirla, la guerra mató a todos.
Y todos, hasta ella, quedaron encerrados.
(Sángala. Lunas rotas.)












